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Juan Noé Fernández Andrade
Publicado: Febrero 9, 2010
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No ha muerto, pero parece


"Chuy" prefiere guardar silencio. A sus 35 años su vida ha terminado. No quiere saber nada de nada. Va a cumplir una semana en que no duerme, y si lo hace, es inconsciente, sin saber que se quedó dormido. Apenas simula comer. Ha bajado de peso. La mirada que ofrece es apagada, en sus ojos no hay brillo, ni chispa, están como tristes, como un cielo nublado antes o después de la tormenta. "Chuy" contesta con monosílabos, con frases cortas, breves, apenas audibles. Pareciera que su voz y su alegría al conversar se fueron de aquí, de Torreón, de la ciudad que lo vio nacer y que lo está viendo morir a sus 35 años. Dejó de ser el tipo inquieto, platicador, desmadroso, mil usos, Se sobresalta con cualquier ruido, voltea la cara hacia la ventana a cada instante. No presta atención, o hace como que no escucha. El intenso tráfico vehicular del rumbo de su casa y el repentino chirriar de las llantas lo tienen tan absorto como inquieto. Se levanta del sillón de la modesta sala de su casa para intentar ver hacia afuera, apenas se asoma. El paso de una ambulancia ululando le da ansiedad. Se recoge, entrelaza sus manos blancas, pecosas. Me observa sin decir nada.
Son las 3 de la tarde de este sábado 6 de febrero. Hace casi una semana, a esta hora, "Chuy" se alistaba para ir a su trabajo. Estaba solo. Tan solo como cuando se divorció. Minutos antes había comido al lado de su mamá, su hermana y su sobrinita. Ellas habían salido. Los cuatro ocupan una vieja finca en el primer cuadro de Torreón. La casa está revestida de cemento pero es de adobe. Está cacariza, salitrosa. Vive con ellas desde que su esposa decidió abandonarlo y demandarle el divorcio. Con su mamá -que es jubilada-, con su hermana "Chepina" -que es madre soltera-, y la hijita de ésta. De sus ex y sus hijos nada sabe. Son, eran su micromundo, su microtodo. Le gustaba escuchar música sin distinguir géneros. "Chuy" no sabía excluirse ni excluir gustos. La banda, la raza. Desde casi niño tuvo que asumirse hombre, dejar la escuela y buscar trabajar para alivianar la carga económica y de responsabilidades de su señora madre. Fue solidario, pero desordenado, un perfecto saltimbanqui. Terminó la secundaria "y a darle", de todo un poco. La necesidad obliga y es seria. Comida, renta, luz, agua, teléfono, gas, pasajes, las francachelas, uno que otro gusto, los cuates, las cuatas.
Se sienta. Se levanta. Camina hacia la ventana como queriendo descubrir el paso de alguien, como si esperara a alguien, como si ese alguien significara más que una simple llegada. Es un alguien que no espera pero que está ahí, cerca; o que anda por allá, lejos, por quién sabe dónde pero que sí, lo asecha, lo ronda, lo abruma, lo amedrenta, lo intimida, lo persigue. Y "Chuy" no lo ve, no lo puede ver, no le ha visto la cara, ni lo conoce, ni siquiera se imagina cómo es, qué ojos y mirada tiene, a qué huele, cuál es el tono de su voz, su color de piel, si es moreno, blanco o negro, albino, si la tiene tatuada; tampoco conoce el color de su cabello, o si es lacio, chino, quebrado; o quizá si es pelón, o greñudo, si anda peinado o no. O si es gordo, flaco, rollizo, alto, bajo, chaparro, atlético o panzón. Nunca lo ha visto. Pero lo espera. Ignora cómo viste, si es formal o informal, si es elegante o desparpajado, si usa ropa de marca o no, si porta gorra o boina o sombrero, si calza botas norteñas o zapatos, o tenis; si trae reloj, cadenas, anillos, celular. Sólo lo espera. Lo espera desesperado. "Chuy" está nervioso, ansioso. Quisiera saber si podrá hablar con él, si le permitirá escucharlo, si se atreverá a abordarlo, si se prestará a dialogar; y si lo hace, cómo empezará, con qué palabras, qué le dirá, si tendrá fuerzas y agallas para decirle, para manifestarle, para mentarle la madre porque él, "Chuy", vio, desde dentro del "Ferry", cómo ese fantasma llamado "grupo armado", anónimo, maldito, sanguinario, bestial, inhumano, amoral, acribilló a cuando menos 15 jóvenes la madrugada del domingo pasado. "Chuy" ahí estaba, trabajando, atendiendo a los noctámbulos, a los adolescentes "de todos los sexos" que no esperaban que llegara ese monstruo que ahora él espera sin esperar, en la sala de su casa. De donde no sale por temor, por miedo, porque se volvió casi mudo y casi ciego y casi muerto. "Chuy" no ha muerto, pero parece.
ferandra5@yahoo.com.mx

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